Prácticas y juegos ilícitos: bajo la sombra de lo aceptado y lo permitido

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pelea de gallos

Por: Yoannia Pulgarón Garzón

¿Qué tienen en común las peleas de gallos, las peleas de perros, la comercialización de las palomas y el “juego de la bolita”? A simple vista pareciera que poco, pues responden a lógicas diferentes, aunque en todos los casos estamos en presencia de prácticas ilícitas en las cuales bajo la sombrilla de la buena o mala suerte se entretejen redes de lucro y delitos.

Resulta también evidente como rasgo común en ellas, su naturalización como prácticas y formas para la obtención de dinero fácil, para muchos funcionan, incluso, como un modo de vida. Estas manifestaciones han dejado de estar o funcionar de manera oculta, para coexistir en nuestracotidianidad como experiencias comunes de los cubanos de hoy. Quienes practican el juego de la bolita (que no son pocos, diversificándose en cuanto a color de piel, sexo,profesiones y oficios), se cuidan apenas para difundir o preguntar por el número que ha salido.

Cualquiera puede escuchar y enterarse de las combinaciones, los aciertos y desaciertos de la suerte, lo mismo en una parada de guagua, en la cola de un consultorio, a la entrada de un centro de trabajo, porque se ha aceptado como algo natural. Lo mismo sucede con la imagen que proyectan aquellas personas dedicadas a apuntar (los llamados boliteros), o los dueños de perros y gallos de peleas, quienes han ganado cierto “status social” con el ejercicio de la práctica, conduciendo a que se reproduzca como sinónimo de éxito y como muestra efectiva de que con poco esfuerzo es posible obtener lo que se desea. Sin dudas en plena articulación con la filosofía del tener, reflejo de la pérdida de valores que en algunos sectores de nuestra sociedad ha hecho mella.

En estas prácticas nuestros adolescentes y jóvenes no están ni exentos ni al margen de su influjo, muchas veces son sus principales protagonistas, como lo demostró el Chala de la película Conducta, con gran habilidad para transitarlas siempre que las circunstancias lo precisaran. Y en el caso de aquellos que no están insertos directamente en estas dinámicas, el mal ejemplo que les llega desde la familia o el entorno social más inmediato, suelen favorecer que estas conductas sean asumidas también como patrones y guías a seguir.

Está claro que su existencia en nuestra sociedad no resulta un fenómeno nuevo, antes también se mostraban manifestaciones como estas, sobre todo en contextos socialmente desfavorecidos, pero eran llevadas a cabo con más “pudor”, y menos visibilidad. Existía un mayor control y presión social sobre ellas, siendo superior también la percepción negativa en torno a su ejercicio. Lo que contrasta con la situación actual, en la cual se hacen cada vez más diversos los escenarios en los que aparecen, con iguales lógicas y sentidos en torno a estas.

La no existencia de crítica ante tales prácticas nos hace cómplices. De manera que si desde varias tribunas, espacios y oportunidades denunciamos su presencia, es una fórmula que contribuye a desmitificarlasy lasdesnaturaliza, pues se hacen visibles las verdaderas razones a las cuales responden, y sus trasfondos. Estas manifestaciones no deberían pasar desapercibidas ante la mirada polémica de la sociedad, no seamos ingenuos, no les sigamos el juego.

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