El educador también debe ser educado

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joven maestro cubanoPor: Ana Isabel Peñate Leiva

“El alma de la escuela seguirá siendo el maestro. Los planes y programas podrán tener diferente grado de calidad; pero lo decisivo será siempre la altura humana y la cultura general, histórica y pedagógica de quien los lleve a la realidad de la práctica escolar”

Horacio Díaz

Cada septiembre se repiten escenas similares. El inicio del curso escolar marca con fuerza cualquier hogar cubano donde haya un niño, un adolescente o un joven. La compra y el arreglo de uniformes, la búsqueda de los útiles escolares, las matrículas y la gran preocupación: “¿quiénes serán mis maestros este curso?”, matizan el fin de las vacaciones de verano. Desde hace algunos años, Cuba enfrenta serios retos para mantener la cobertura docente en las enseñanzas primaria, secundaria, preuniversitaria y técnico profesional, no obstante los ingentes esfuerzos que hace el gobierno por mantener este derecho humano universal, que no solo contempla el acceso sino también su calidad, y que distinguen internacionalmente al país.Hoy no resulta muy atractivo para los jóvenes optar por carreras pedagógicas; la vocación por el magisterio, y todo lo que ello significa, se desvanece. El reconocimiento social tampoco es el mismo. Sin embargo, valdría la pena detenernos a leer qué piensan los niños sobre los maestros y la escuela; esta experiencia la vivencié con escolares de 6to grado, de la Escuela Primaria Mariana Grajales, en el capitalino barrio de la Víbora. Ante la pregunta: ¿Qué pasaría si no hubiera escuelas y maestros?, algunas de las expresiones fueron:

“no aprenderíamos y quedaríamos analfabetos”, “no tuviéramos maestros que nos enseñaran a leer”, “no tuviéramos educación adecuada”, “no podríamos estudiar”, “no habría personal calificado para las actividades que se realizan”, “los maestros son los que enseñan con la ayuda de los libros; son los que enseñan a calcular”, “no existiría ningún otro oficio”, “habría una escasa educación”, “no pudiéramos hablar ni comunicarnos entre sí”, “no sabríamos leer”.

Sin dudas, el maestro constituye una influencia educativa muy fuerte para sus alumnos, influencia que se extiende por un largo período de la vida e incluso, se mantiene como referente muchos años después de concluida la enseñanza escolar. Cuántas veces ha existido algún tipo de contradicción entre las orientaciones dadas por el maestro y las recibidas de los padres; los alumnos/hijos generalmente se inclinan por las palabras del primero, y no solo en cuestiones referidas a contenidos curriculares, ello ocurre también en temas asociados con la vida cotidiana. Ese elemento, aparentemente insustancial, demuestra la significación y credibilidad de esta figura para sus alumnos y las potencialidades que ofrece el ejercicio de su profesión para contemplarlo como un importante e insustituible agente en la formación integral de las generaciones jóvenes y de sus familias y no solo como transmisor de los contenidos curriculares. Pero para ello, su preparación es indispensable, y debiera ser diseñada como un proceso permanente y sistémico, que proporcione cambios en su comportamiento y en su desempeño, a la vez que lo prepare para enfrentar y asumir los retos, constantes y crecientes, que el desarrollo social impone. Cobra vigencia Marx cuando expresó: “El educador también debe ser educado”.

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