El privilegio de trabajar con jóvenes

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mi oficinaPor: María Josefa Luis Luis

Por estos días mucho se habla acerca de los jóvenes, ello tiene que ver, en buena medida, con los festejos por el 4 de abril, aniversarios de la Organización de Pioneros José Martí y la Unión de Jóvenes Comunistas; sin lugar a dudas, motivos suficientes para festejar, pero también para la reflexión y el debate. ¿Qué se dice de la juventud? ¿Por qué falta sistematicidad en el abordaje de sus problemas y preocupaciones? Confieso que no me refiero solo a los medios o los grandes eventos, porque, aunque creo que son muy importantes, no son los encargados de guiarlos para que cumplan su rol protagónico en la sociedad. Por estas vías mucho se puede hacer, pero existen otras mucho más directas y efectivas. ¿Qué hacemos cuando día a día compartimos la misma área de trabajo? ¿Por qué muchos jóvenes se auto limitan para participar?

 A menudo me queda el sabor amargo de que sobre la juventud recae la culpa de muchas cosas que no se hacen bien, o de mantenerse al margen, e incluso de cierta apatía ante los problemas sociales. La primera precisión necesaria es que no todos actúan de la misma forma, porque no existe una juventud única, uniforme, ella es tan diversa como la sociedad misma, como los que con más o menos edad, compartimos el mismo tiempo y espacio. Pero aunque se tratara de los peor situados, ¿Acaso no tenemos parte de esa culpa? Lamentablemente, a veces ni siquiera nos percatamos que son el resultado de nosotros mismos. Hablo desde la responsabilidad que tenemos los menos jóvenes de entenderlos, orientarlos, de ayudarles a situarse en su justo lugar, de propiciar que sean los protagonistas de su tiempo, como quisimos ser y fuimos las generaciones que le antecedimos.

Cuando profundizamos en las razones de la supuesta inhibición de los jóvenes para involucrarse en determinados procesos o para expresar sus criterios ante los adultos, nos encontramos argumentos tales como no estar preparados para hacerlo, sentirse siempre evaluados por las personas mayores, temor a las consecuencias de dar opiniones divergentes o, simplemente, que no se les toma en cuenta. Otros más avezados expresan que no se les da oportunidades, se frena su creatividad y hasta que se impide su desarrollo por el temor de algunos adultos a ser desplazados. Por supuesto que, en situaciones como estas, no tendremos jóvenes participativos, creativos, ni protagonistas. Afortunadamente no es lo que ocurre en la mayoría de las partes, al menos eso quiero creer.

Tengo la suerte de trabajar con un equipo donde la mayoría gira en torno a los 25 años de edad; no puedo exigirles mi ritmo de trabajo porque aún les queda mucho por entrenar, tampoco los mismos resultados porque les falta mucha experiencia por adquirir; sin embargo, existe tanta entrega, compromiso y responsabilidad como la de los más experimentados profesionales. Me superan en el dinamismo, la creatividad, el espíritu de superación y la alegría que le imprimen a cada una de sus acciones; estas son cualidades especialmente propias de la juventud, no tenemos derecho a obstaculizarlas, estamos en el deber de estimularlas. Los jóvenes dan mucho de sí y aún podrían dar más; su presencia le imprime un sello especial a la vida, por eso, sinceramente pienso que es un privilegio trabajar con ellos.

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