Martí en los jóvenes

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Martí en los jóvenes

Por: Keyla Rosa Estévez García

Mañana 28 de enero estaremos conmemorando el 161 aniversario del natalicio del más universal de los cubanos, José Martí. Coincidentemente, quedará inaugurada en La Habana la Segunda Cumbre de la CELAC, un sueño integracionista de Martí, Bolívar y otros próceres latinoamericanos, hecho realidad.

Pero esta noche, otro acontecimiento trascendental tendrá por sede a La Habana. Los jóvenes cubanos volverán a reeditar la Marcha de las Antorchas, desde la escalinata universitaria hasta la Fragua Martiana; cada antorcha encendida es el símbolo de la energía de los pinos nuevos, del deseo irrevocable de mantener nuestras conquistas y de alcanzar la absoluta y definitiva independencia de los pueblos latinoamericanos y caribeños.

Me pregunto sí todos los que marchamos en cada rincón del país, sabemos por qué lo hacemos, ¿qué conocemos de Martí?, ¿qué hacemos para cumplir su legado?, ¿cómo trasmitir sus enseñanzas a las nuevas generaciones?, y más profundo aún ¿qué hacemos para ser consecuentes con su accionar?

En ese aprendizaje necesario, todos tenemos responsabilidades, no solo se llega a Martí con las lecturas de La Edad de Oro. Más allá de aquellas lecturas, y lo aprendido en clases, es importante investigar, hurgar en los libros una y otra vez. Se demanda de ejercicios intelectuales más exigentes, hay que entender la necesidad de nuevos diseños en los planes de estudio y en las maneras de hacer educación. Debemos ofrecer mejores coordenadas de cómo contar la Historia, cómo informarla, cómo hacer análisis, cómo reformulamos muchas de las actividades que hacíamos hace un tiempo. Las acampadas, caminatas, ascensos a los puntos más altos de la geografía, conferencias, peñas, talleres, tertulias, representaciones de sus obras, exposiciones, “rutas martianas”, conversatorios, foros digitales y concursos de creación infantil, no pueden ser privativos de estas fechas.

Esta es una oportunidad para pensar, sentir, conocer y amar a Martí; para tratar de develar ese misterio que es y será siempre, para admirar su contemporaneidad, para deslumbrarnos con la magia de sus versos y la sabiduría de sus palabras. Debemos traerlo al presente, convertirlo en presencia viva y referente asequible, lograr que en el corazón de cada niño y joven germinen las doctrinas del Maestro y sus virtudes, su espiritualidad, su ética. Es un empeño que precisa del trabajo de todos los días, tan incesante y sistemático como el ejercicio mismo de educar.

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