Los niños: ¿la esperanza del mundo?

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ImagenPor: Ana Isabel Peñate Leiva

Cada semana, en las noches de martes, jueves y sábados, buena parte de cubanas y cubanos nos sentamos frente a la pequeña pantalla para dar cuenta de la telenovela brasileña Avenida Brasil. Quiero detenerme en una de las subtramas: los niños del tiradero, que por cierto, no es lo que más atrapa, pero nos debe hacer pensar en una infancia vulnerada en sus derechos más elementales, víctima de un sistema desigual y un mundo adulto que no distingue en su justo valor el tesoro más preciado de cualquier sociedad.

Hace exactamente 24 años, el 20 de noviembre de 1989, la Asamblea General de las Naciones Unidas promulgó la Convención sobre los Derechos del Niño, norma jurídica internacional con carácter vinculante, votada y ratificada por la mayor cantidad de países, a excepción de Somalia y Estados Unidos, y que se pronuncia por la defensa de los derechos de las poblaciones infantil y adolescente. Compromete, política y moralmente, a Estados y Gobiernos en la construcción de un mundo apropiado para niños, niñas y adolescentes. Sin embargo, se evidencian serias contradicciones entre las prácticas sociales y lo jurídicamente legislado. Para un número significativo de países, las poblaciones jóvenes no se han convertido en una prioridad en las agendas públicas y el accionar de los políticos.

Las complejidades de los fenómenos que hoy acontecen a nivel internacional, involucran a infantes y adolescentes, quienes llegan a alcanzar un “protagonismo” insospechado, por ejemplo, la imposibilidad de acceder a una educación gratuita, obligatoria y de calidad, la deserción escolar, el trabajo infantil, la prostitución y la pornografía infantil, el vih/sida, el tráfico de órganos, la proliferación de las maras, la violencia doméstica, el embarazo precoz, la pobreza, los conflictos bélicos, entre otros.

Si realmente se quieren alcanzar los objetivos y metas del milenio en lo referido a la infancia, las acciones a realizar exigen de un nivel de radicalización que van más allá de esta población. El mundo, independientemente del grado de desarrollo alcanzado por cada una de sus naciones, necesita humanizar cada uno de los procesos que en él acontecen y para ello, sería extremadamente juicioso preservar a niñas, niños y adolescentes, brindarles oportunidades y posibilidades reales de inserción y respetar sus derechos, esos que los asisten en tanto seres humanos y otros tantos por su condición de infantes. Trabajar en ello es asegurar el futuro de una especie humana mejor.

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