¿Se pierden las tradiciones en el campo cubano?

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22519-fotografia-gPor: Yoannia Pulgarón Garzón

A simple vista podríamos decir que no, que eso nunca; pues vienen a nuestra mente imágenes como el programa Palmas y Cañas de la TV cubana, Dedicados a perpetuar la labor del Cucalambé, del Indio Naborí, entre otros grandes; también se aprecia el resurgir del movimiento de repentistas en el país. Pero asoma entonces la inquietante pregunta: ¿será suficiente?

El interés de las nuevas generaciones, incluso las que viven en escenarios rurales de la Cuba de hoy, no siempre es coherente con la defensa y cultivo de estas tradiciones campesinas. Lo que conduce a que en ocasiones los esfuerzos realizados por instituciones y promotores culturales resulten insuficientes ante una realidad permeada de reggaetón, timba y glamour.

El campo cubano se ha diversificado, así como sus estructuras y poblaciones. Son diferentes los niveles de instrucción, de especialización de sus pobladores en tareas que no responden directamente a la labor agrícola y parte de la población de estos espacios ha emigrado hacia contextos urbanos. La Revolución condujo a que la vida en muchos de estos escenarios cambiara totalmente, tras el uso de la electricidad y de otros avances en la calidad de vida de la población. Son pocas las comunidades en el país donde estas ventajas sociales no han llegado, ello implica nuevas maneras de socialización y de comunicación con la realidad social en sentido general. Por lo que las tradiciones culturales y las lógicas funcionales a las cuales respondían, también han tenido readecuaciones.

El mundo de los significados resulta muy importante cuando hablamos de cultura pues, generalmente, los individuos actuamos a partir de nuestros sentimientos y percepciones cotidianas. En la actualidad cada vez más, el campo está asumiendo patrones culturales propios de las ciudades, tras el diálogo de los modelos de consumo y de “bienestar“ urbanos con las costumbres de estos espacios rurales. De esta manera sucumbe lo tradicional ante el impacto de lo que llega, cuando se persiste en trasmitir el legado a través de formas anquilosadas, que no se atemperan a los nuevos tiempos.

Desde esta lógica se pierde la “batalla” ante las nuevas maneras que impone lo moderno, con recursos y discursos más atractivos, con la utilización de imágenes y expresiones simbólicas contemporáneas. En ello juegan un papel fundamental los medios de comunicación masiva, quienes portan estos patrones de consumo ideal, homogeneizando prácticas y estilos de vida.

En tal sentido, considero que el reto de estos tiempos, para que no mueran nuestras raíces, ni nuestras expresiones culturales más tradicionales es saber hacerlas atractivas para las nuevas generaciones. Apelar al uso de recursos novedosos de enseñanza, sin que se desvirtúe la esencia de su legado cultural. En definitiva, nuestras raíces nos indican quiénes somos y la manera en la que las conservemos dirá cómo seremos en el futuro como nación.

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