Educación, escuela y maestros en la formación de las jóvenes generaciones

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Dra. Ana Isabel Peñate Leiva

La educación ha de ir donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de

preparación que tiene el hombre en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver

 los problemas que la vida ha de presentar.

JOSÉ MARTÍ

DibujoLa escuela constituye un contexto físico de socialización de las personas; un lugar privilegiado donde la propuesta educativa se sistematiza. A ella se asiste para recibir instrucción y educación a través de la labor pedagógica que ejerce, fundamentalmente, el maestro. La escuela debe complementar la socialización iniciada en las primeras edades por la familia, de ahí la trascendencia de la articulación familia/escuela, que una vez que se establece no puede -aunque sucede- dejar de ser. La escuela debe entenderse como un lugar para el diálogo intergeneracional, un tiempo de aprendizajes para la vida en sociedad, pero esa concepción aún dista de lo que ocurre. La institución escolar ha pasado demasiado tiempo aferrada a un patrón que norma y disciplina los conocimientos; que tiende más a la instrucción que a una educación más abarcadora, ello dificulta el diseño de alternativas creativas que contribuyan a la preparación integral de los educandos.

Sin embargo, la educación como sistema, y la escuela como institución, solo podrán cumplir con su encargo social y las exigencias de responder a los cambios que acontecen en la sociedad si cuentan con el maestro sensibilizado y preparado para acometer este reto. El maestro constituye una influencia educativa muy fuerte para sus educandos, influencia que se extiende por un largo periodo de la vida e incluso, se mantiene como referente muchos años después de concluida la enseñanza escolar. Cuántas veces ha existido algún tipo de contradicción entre las orientaciones dadas por el maestro y las recibidas de los padres; los alumnos/hijos generalmente se inclinan por las palabras del primero, y no solo en cuestiones referidas a contenidos curriculares, ello ocurre también en temas asociados con la vida cotidiana. Ese elemento, aparentemente insustancial, demuestra la significación y credibilidad de esta figura para sus educandos y las potencialidades que ofrece el ejercicio de su profesión para contemplarlo como un importante e insustituible agente de cambio. No obstante, en investigaciones realizadas en la última década, los maestros no clasifican entre las figuras más admiradas por las nuevas generaciones de cubanos.

A la vez, niños y adolescentes perciben que son importantes tanto para la escuela [54,9%] como para los maestros [52,8%]; esta percepción es más intensa entre los más pequeños [67,9% escuela /64,4% maestros]; los adolescentes disminuyen marcadamente los datos porcentuales [44,9% escuela /35,7% maestros]. Estos resultados pudieran constituir un alerta, pues al parecer se mantienen estilos tradicionales en las relaciones que establecen algunos educadores o colectivos de docentes con sus estudiantes. Si bien la escuela cubana propugna una relación desarrolladora entre los agentes del proceso educativo, la insuficiente cultura en derechos de la infancia incide en que algunos educadores no mantengan el trato y comunicación adecuada con los estudiantes, en particular durante la adolescencia.

La realidad cubana de los últimos tiempos ha impuesto como un nuevo desafío elevar en cantidad el personal docente; a la vez que requiere de estrategias para elevar la calidad en la formación y desarrollo de este profesional. Hoy se necesita que los maestros cuenten, no solo con los conocimientos de las asignaturas que imparten sino también con otros, asociados a importantes procesos que acontecen en la sociedad y que -de una u otra manera- influyen en sus comportamientos y en los de sus educandos. Definitivamente, concierne a los maestros la formación integral de niños, adolescentes y jóvenes, a quienes corresponderá llevar adelante el futuro de la nación cubana. Para cumplir con este encargo, se necesita que estos profesionales también tengan una formación integral, más allá de lo meramente curricular. Cobra vigencia Marx cuando expresó: “El educador también debe ser educado”.

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